NARCÍS MONTURIOL: LA UTOPIA PERSISTENT

Data: 2 d’octubre de 1888

Tres anys després de la seva mort, el periodista Joan Sardà i Lloret des del diari La Vanguardia es feia eco de la personalitat de Narcís Monturiol (1819-1885), llavors encara més oblidada i menyspreada a Espanya que avui. Monturiol, natural de Figueres (Girona), fou enginyer, intel·lectual, impressor, editor, pintor, polític i ―almenys així ho defensen alguns― inventor del cèlebre Ictíneo, el primer submarí tripulat de la història, impulsat per una forma primerenca de propulsió autònoma. Monturiol, però, home de caràcter revolucionari i utòpic, republicà avant la letre [1], mai va patentar les seves invencions i per això la discussió sobre el seu cèlebre invent encara perdura avui en dia, i per això, també, va morir absolutament pobre.

Precisament aquest bell article [2] aporta algunes anècdotes de primera mà de l’il·lustre empordanès: com Monturiol no trobà el suport necessari per construir un segon Ictíneo, més perfeccionat; com, malgrat això, tirà endavant el seu projecte; com l’Ictíneo II inicià les proves amb gran èxit l’any 1866 al port de Barcelona, i com, incomprensiblement, el Govern se’n desentengué, malgrat que s’havia demostrat la seva aplicabilitat en el camp de les armes de guerra. Els darrers temps de la vida del científic figuerenc foren duríssims. Es conta [3] que, fins i tot, li embargaren l’Ictíneo II, el qual, finalment, fou venut com a ferro vell als Encants barcelonins. Finalment, morí el 1885 en la més absoluta misèria, a Sant Martí de Provençals.

Si la ploma desbocada de Jules Verne resulta que va imaginar el seu Nautilus el 1870 (Vint mil llegües de viatge submarí), dotze anys abans el nostre Monturiol ja havia publicat el seu opuscle El Ictíneo o barco-pez (1858) i un any més tard avarava el seu primer prototip al port de Barcelona. L’article que presentem avui aprofundeix en el descuit interessat que des d’Espanya es féu del català, en favor del submarí elèctric que dissenyà el 1885 Isaac Peral (1851-1895) i que ràpidament fou construït per l’Armada Espanyola.

Al marge de les consideracions d’índole científica, les úniques que en un cas així s’haurien de tenir en compte, fa tot l’efecte que ésser un ferm republicà i a més català no l’ajudaren a reivindicar-se enllà de les nostres terres, al pobre Monturiol. Ni ahir ni avui, quan encara molts salvapàtries escupen les lletanies de sempre, carregades de ressentiment i menyspreu, cap als que no són de la seva corda. Valguin com a mostra aquestes paraules, gens desinteressades val a dir, del besnét de Peral, que du molts anys desacreditant el català:

Monturiol fue uno más de éstos. Pero inventor, lo que se dice inventor, es decir, el hombre que triunfó dónde los otros fracasaron, el hombre que hizo realidad el citado sueño, sólo hubo uno, y ése fue Isaac Peral” [4].

Bon viatge i bona lectura
El còmit de la nau

 

De nuestra colaboración particular

Narciso Monturiol

Con ocasión de la feliz botadura al agua, en el arsenal de la Carraca, del torpedero submarino de Peral, el Diario de Barcelona en una de sus Revistas de Madrid, dedicaba el otro día un cariñoso recuerdo a la memoria de don Narciso Monturiol, el inventor del un tiempo célebre Ictíneo. En sentidas frases lamentaba el olvido en que han quedado el nombre y la obra del inventor, olvido mayormente sensible en la ocasión actual, en que con tanta justicia, por esclusiva, que esta sea, se ensalzan los del estudioso oficial de nuestra armada.

El cronista del Diario, cuenta a propósito de Monturiol y de su Ictíneo una anécdota tan triste como curiosa y que una vez más prueba cuanto influjo tienen, así en pro como en contra, en las cosas mayores, las circunstancias más insignificantes.

Después del éxito de los ensayos practicados en el puerto de Barcelona con el primer Ictíneo de prueba, el Gobierno nombró una comisión encargada de emitir dictamen acerca del invento de Monturiol y de su aplicabilidad a la marina de guerra. La comisión fue a Alicante, a donde fue conducido a remolque del Colón el pequeño Ictíneo. Practicáronse los ensayos y el resultado fue satisfactorio. Reunióse después de ellos la comisión oficial para oír las esplicaciones de Monturiol. Más sucedió, que o la escasa brillantez retórica del inventor, o la aridez natural en una disertación sobre puntos técnicos en que los números matemáticos habían de jugar no escaso papel, o el cansancio y mareo que en los comisionados o en alguno de ellos produjera la permanencia a bordo del Ictíneo durante los ensayos, pusieron de tan mal talante a los oyentes de Monturiol, que ni la intendieron ni quisieron darle la razón, y aun se dio el caso de que el presidente acabase por dormirse. Para colmo de desdicha los periodistas alicantinos —no hay gente peor que los periodistas y más cuanto más locales— habían puesto la proa al inventor por piques ridículos de amor propio, y a pesar de que las pruebas del Ictíneo habían atraído gran concurrencia y despertado mucho interés, no dieron en las columnas de la prensa importancia alguna al suceso, antes dijeron poco y lo poco que dijeron en son de menosprecio. Así lo recuerda muy oportunamente el discreto redactor del Diario.

Mengua fuera para cuantos tenemos en algo nuestras glorias y nos acordamos de Monturiol al leer el nombre de Peral, dejar pasar sin imitarle el ejemplo del Diario. Por rara excepción en este, ha hallado en sus páginas un aplauso y una mención el nombre de quien, como Monturiol, por haber sido en política todo lo contrario que el Diario, parece que habría de figurar en esa lista de sospechosos que, según leyenda que parece verdad, aunque no lo sea, traen impresa en su memoria los redactores actuales de nuestro colega, con encargo de hacer alrededor de los alistados el vacío del silencio. Sigamos, pues, en recordar a Monturiol, las huellas del Diario, y coadyuvemos, no a la reivindicación de su derecho, porque hasta ahora nadie puede decir si hay en el invento de Peral algo del de Monturiol, pero sí a la reivindicación de su gloria, oscurecida hoy por el olvido, discutida un día por los pedantes, negada por los ligeros, menospreciada por los indiferentes.

¿Quién no se acuerda en Barcelona del Ictíneo? Aún me parece verle amarrado al muelle viejo, en la Barceloneta, cerca de la Capitanía, asomando a flor de agua su enorme y rojo espaldar de cetáceo. Allí lo corroía lentamente la hipócrita caricia del agua que lamia sus flancos, mientras la mano inflexible de la justicia, solicitada por desilucionados acreedores, preparaba los enseres con que habían de ser desagregadas las tablas que encerraron la ilusión suprema del pobre Monturiol. Y mientras de tal suerte el infortunio lanzaba la obra a los cuatro vientos, y la calumnia, explotando la desgracia y aprovechando tal vez alevosías de amigos infames, se cebaba en su nombre, el pobre inventor, encerrando su vergüenza tras de los muros de su casa, abandonado de todos, renegado de todos, ocultaba su invento en lo más hondo de su cerebro, le daba vida y calor en lo más íntimo de su corazón, y repetía convencido para sus adentros el E pur si muove de Galíleo.

¡Pobre Monturiol! Él no hablaba, más que por excepción rara y muy en confianza, de su adorado Ictíneo; tampoco le rezaba de él quien con él hablase, a poco que fuese discreto. Envolvían el recuerdo demasiadas amarguras para que no hubiese de temerse que recelase en la alusión alguna impertinente reticencia. Mas a poco que se le observase, notábase en él, en lo más hondo de sus ojos, unos ojos en los cuales destellaban juntamente la más buena de las bondades y la más tenaz de las firmezas, algo como el aleteo interno de la idea fija, algo como la secreta vibración del pensamiento que iba elaborando sin cesar la solución definitiva de los factores todos del obsesor problema.

¡Con qué curiosidad le miré cuando le conocí por vez primera! ¡Con cuánto interés le hablé! ¡Qué secreta consideración y cariño despertó en mí su trato, aun superficial y de ocasión como fue! Era Monturiol a la sazón, —hablo de siete u ocho años atrás— cajero de cierto flamante Banco que la marea bursátil del 81 sacó a la playa para retragarlo en el reflujo del siguiente día. ¡Monturiol, el inventor del Ictíneo, el químico, el mecánico, el soñador, el idealista, el hombre de todas las grandes ideas, porque todas las suyas eran grandes por lo sinceras y por la elevación con quelas profesaba; Monturiol, encerrado en estrecho recinto, sentado en el alto taburete mercantil, detrás del enrejado alambre, corriendo la rejilla para dar o recibir dinero y sacar cuentas por fracciones de céntimo!

¡Monturiol cajero de una casa de comercio! Trajéranle allí, y gracias, las vicisitudes de su fortuna y las necesidades de su familia, y allí se pasaba las mortales horas de oficina, como león enjaulado, royendo los hierros de su antipática labor y azorado hasta la médula ante el temor de que un error de contabilidad le privase del diario sustento de su familia! Pero todo esto sin quejarse, sin darse aires de víctima; afable, aunque reservado, y sufriendo sin que resollase siquiera por afuera la conciencia de su superioridad, las impertinencias malhumoradas de principales y subprincipales que, con razón práctica sin duda, no sabían comprender ni podían admitir que en aquel hombre de genio hubiese más que un vulgar oficinista.

Me inspiraba lástima y respeto. Comprendía su desazón interior. La comprendía y la sabía por tercera persona, otro idealista como él, también inventor, también soñador como él, con quien congeniaba él admirablemente, a quien confiaba sus cuitas y comunicaba sus secretos de inventor, con quien los discutía a cambio de discutir los suyos, y a quien, con adorable candor, trataba de refrenar en sus ímpetus de novedades a trueque del freno que el otro ponía en los de él con candor no menos adorable.

Dios les había criado y ellos se juntaban. ¡Cuánto valían ambos! Muchos domingos por la tarde Monturiol invitaba a tomar café en su casa a su joven neófito. La sobremesa duraba horas y horas. Se contaban sus proyectos, sus esperanzas. Monturiol, que no daba por perdida la partida del Ictíneo, echaba sus cálculos sobre los beneficios que le reportarían una máquina de elaborar cigarrillos que había inventado y acababa de perfeccionar, y una composición química, aplicable a la conservación de carnes frescas, que creía aprovechable para la importación en gran escala de las de América.

Una vez obtenida una fortuna y asegurado su porvenir, entonces con sus solos recursos quería emprender otra vez la campaña de su Ictíneo. Había ya resuelto desde sus ensayos anteriores el problema de la respirabilidad en una atmósfera herméticamente cerrada al paso del aire. Era su gloria y su triunfo, gloria y triunfo reconocidos por grandes sabios extranjeros en obras maestras de química. Resuelto este problema, faltábale solo acabar de resolver en la práctica, no en la teoría, los demás problemas, ya en parte resueltos también en su primer ensayo, de conducción y movimiento del buque a voluntad y en todos sentidos por las varias capas del agua. En la electricidad, como Peral, veía la clave del enigma. ¿Cómo? él se lo sabía. Y de tal suerte, Monturiol daba vueltas a sus ímpetus, cohibidos durante su semana de cajero, y un día, unas horas, libre de su odiosa coyunda, pacía suelto por los fértiles prados de su audaz fantasía.

¡Pobre Monturiol! Cargado de méritos, mayores todavía que sus infortunios morales, con una historia limpia, aunque la calumnia y el rencor de codicias engañadas pretendieron mancharla, honrado como pocos, cándido en la vida práctica como pocos, respetado profundamente por los que le conocían o le adivinaban, murió, cumplen ahora tres años, sin haber podido dar cima a sus proyectos, con la intensa amargura de quien ve malograda su misión, de quien sintiéndose grande, fuerte, glorioso, se ve morir en oscuro rincón, sin más amigos que su familia, sin esperanzas de otra necrología que el fugaz anuncio de una gacetilla sin calor o el articulejo interesado de un correligionario político que cumple un deber por cumplir algo.

Porque Monturiol, a la par que inventor, a la par que hombre de ciencia, y de ciencia seria, fue toda su vida hombre de entusiasmos políticos. Todo él, tras de su carácter reservado y sereno, era entusiasmo, fervor. Toda idea nueva que encarnase un progreso, le seducía. Su buena fe y su sinceridad honrada y su temperamento benévolo le hacían hasta un iluso en el orden político y social. Soñaba con la posibilidad de todos los ideales de regeneración social. Comulgó de buena fe en las utopias comunistas y socialistas de los franceses del 48. Pero todo ello con una bondad de alma y una sinceridad de convicción y una nobleza de propósitos que enamoraban. Era de la cepa de los apóstoles en punto a entereza. Cuando en España, apenas había republicanos allá por la cuarta década de este siglo, él lo era, y de los activos y de los que sabían ser mártires de su idea. Este es para mí su mayor elogio como hombre de ideas. Ser republicano ahora no constituye mérito alguno. Serlo en 1840 representa una honradez in-terna de hombre de convicciones que es imposible dejar de saludar con intenso respeto. No creo en muchos de los republicanos de nuestros tiempos. En los del 40 sí creo. J. SARDÁ

→La Vanguardia (2 d’octubre de 1888, pàg. 1)


[1] Manuel Ansede, “El submarino comunista”, Publico.es. Consultat el 26/03/2014.
[2] Transcrivim directament del text tal i com va aparèixer a La Vanguardia, respectant escrupolosament l’ortografia de l’original.
[3] Emili Casademont, “Monturiol, el vertader inventor del submarí”. Consultat el 26/03/2014.
[4] Javier Sanmateo Isaac-Peral, “Isaac Peral y Monturiol”, Cartas al director, El País, 21 de setembre de 1985. Consultat el 26/03/2014. El mateix és autor del llibre El submarino Peral. La gran conjura (Aglaya, 2008).

Imatge: L’Ictineu de Monturiol. Font.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Professor de llengua a secundària. Culturalment dispers. És el fundador i mantenidor d’aquest web. També a @CiFiCAT

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